DRIVE “El jinete pálido del siglo XXI”

DRIVE “El jinete pálido del siglo XXI”

El homenaje consciente, a modo de tributo agradecido, a obras de hace tiempo que normalmente no gozan del reconocimiento merecido no es garantía de calidad, aunque últimamente parece que rendir tributo a algo ya otorga un valor añadido, qué se le va a hacer.

Es curioso que una década como la de los 80, tan criticada y denostada en su criterio estético, esté “sufriendo” continuas revisiones, algunas meros actos onanistas que pretenden hacer todo el trabajo salpicando nostalgia barata en la cara del espectador.

Pero en Drive, el que la película sea, ya no consciente, sino hiperconsciente de lo que es, un homenaje que debe (y mucho) a películas anteriores, juega totalmente a su favor. A eso, hay que sumarle el estilo inherente del director Nicolas Winding Refn, que ya tiene una interesante (irregular pero valiente) carrera con algunos títulos dignos de mención (Pusher, Fear X y Valhalla Rising, entre otros). Refn se permite cierto margen de flexibilidad creativa que hace que la película tenga personalidad propia y no se quede en el simple guiño al espectador. Qué hubiera pasado si otros divertimentos, como por ejemplo Machete (muy diferente en el tono pero homenaje nostálgico al fin y al cabo), no se hubieran regodeado en su magnífico envoltorio y hubieran ofrecido un poco más de picardía.

La película funciona de cabo a rabo y no hay que esforzarse demasiado para aceptar el juego estilizado y minimalista que propone. “Menos es más”, decían, y esta película lo lleva a cabo al pie de la letra, dejando unos estupendos huecos para que el espectador goce rellenándolos una vez haya finalizado su visionado.

Un hierático (y hortera, por qué no decirlo) Ryan Gosling da vida al protagonista sin nombre (Driver), que solo con un palillo y un vaso de agua consigue darle carácter a su personaje, hace suya y explota sin descaro la máxima “calladito estoy más guapo”. Gosling tiene la suerte o habilidad de combinar películas bastante dignas (The Believer, Half Nelson) con comedias indies un poco chorri-pollas (Lars y una chica de verdad), mientras coquetea con llegar a formar parte del Olimpo de actores “sexys con personalidad”. Un aplauso se merece Albert Brooks como el mafioso paternalista, digno contrincante de Driver. Este hombre que parecía condenado a comedias neutras (Hasta que la muerte nos separe, La musa) ha revalorizado su carrera con unas breves pero tajantes intervenciones, una de las razones para verla en versión original.

No se puede decir nada malo del resto de actores que cumplen a la perfección su cometido y, ¡atención!, el tándem chica-niño no obstaculiza la trama para nada, es más, consigue darle vidilla a la cosa y cimenta de forma sólida las motivaciones del personaje principal. La conversación telefónica de despedida, anodina y tópica en su texto literal, consigue emocionar y enfatiza el tono existencialista que rezuma toda la película. No siempre conviene utilizar parrafadas irreales que sinteticen perfectamente lo que están sintiendo los personajes en ese preciso momento. Un simple “has sido lo mejor que me ha pasado” bien colocado y va que chuta. ¿Para qué más?

El acabado técnico es más que digno con una banda sonora (el guiño más descarado al espectador) que seguro ya ha propiciado masivas descargas. Las pocas persecuciones, parece mentira titulándose Drive, son impecables, de sobria espectacularidad. A resaltar el ritmo y la tensión de la que abre la película, magnífica forma de presentar al protagonista y su modus operandi.

Bullit

Vivir y morir en Los Angeles

Me vienen a la cabeza películas, incluso anteriores a la década de los 80, como Bullit (Peter Yates) o The French Connection (William Friedkin). Hablando de este último, en críticas oficiales ha salido su nombre, cosa muy acertada ya que me parece uno de los referentes para hablar de esta película. Friedkin dirigió durante los 70 y 80 varios thrillers bastante notables, todos caracterizados por un estilo austero y frío. Se podrían destacar A la caza (con Pacino) o Vivir y morir en Los Angeles (con Dafoe y el Grisham de CSI). Durante los 90 se torció un poco el hombre, una lástima.

En definitiva, uno de los hallazgos de este año. El Jinete pálido de este siglo. Pero a diferencia de la película de Clint Eastwood, a Driver no le mueve la venganza sino el amor. ¡Sí, señores! El amor, y no se avergüenza de ello, de la misma manera que no lo hace de su chaqueta (que podría protagonizar una película por sí sola).

Chaquetas horteras y violencia por amor. Algo de agradecer en los tiempos que vivimos. No hay nada más que decir.

El Cinefoide

Wikipedia – Nicolas Winding Refn

Web Oficial Película

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LA CHISPA DE LA VIDA

LA CHISPA DE LA VIDA de Álex de la Iglesia
“El teatro de la vida produce monstruos”

La realidad supera a la ficción y lo hace con creces. Se podría decir que esta película llega tarde, descubierto ya el pastel de que estamos gobernados y utilizados por desalmados y de que nosotros mismos podemos convertirnos en uno de ellos si se dan las circunstancias adecuadas.

Se podría decir que lo nuevo de Álex de la Iglesia es realmente una rara avis en su filmografía. Claro que contiene gran parte de su estilo de siempre, todo lo que se puede llamar  “la marca de la casa” está presente. Entonces, ¿por qué esta película es diferente a todo lo que había hecho hasta ahora? Pues porque es un drama en toda regla, con toques de comedia negra, sí, pero ante todo un drama y en algunos momentos incluso dramón. Acostumbrados como estábamos a la comedia negra, grotesca y violenta con toques de drama, ahora le ha dado la vuelta a la tortilla. ¿Una propuesta de cine español que llega a las pantallas y se arriesga? Puede sonar a ciencia ficción, pero en este caso es una tragedia que supura rabiosa crítica social por todos sus poros.

Se podría decir que esa crítica social es poco sutil, que no aporta nada nuevo y cae en lo obvio. Y qué manía con aportar algo nuevo, con epatar al espectador y descubrirle cosas que hasta ese momento ni se había planteado. ¿Tan tontos nos creemos? ¿Tienen los cineastas (y, por extensión, los artistas en general) que descubrirnos el mundo en el que vivimos? Seamos sinceros: por muy buena que sea la sátira social que haya creado uno en su cabeza, un simple telediario puede dejarla a la altura del betún. Así que dejemos de ser tan inocentes por un lado y exigentes por el otro y gocemos de una hora y media sin esperar nada más que eso: pasar el rato, y si viene algo más, pues bienvenido sea.

Se podría decir, jugando con su título, que tiene más vida que chispa. Se podrían decir muchas cosas de esta película y poder decir muchas cosas de una película ya es bueno, para empezar.

Álex de la Iglesia parece tomar una decisión desde el principio, la de dividir claramente a los personajes entre buenos y malos. Todos se presentan tal cual van a ser durante el resto de la película. No hay evolución ni ambigüedad en ellos, son planos pero sirven a un propósito: ser utilizados sin piedad por el director para decir lo que quiere decir.

De ahí que haya personajes que no acaben de cuajar entre ellos, aunque su retrato individual resulte interesante. Fernando Tejero y Juanjo Puigcorbé se enfundan los disfraces más grotescos y son llevados tan al límite que a veces desentonan con el resto de personajes, sobre todo con la pareja protagonista, que se ancla en un tono pseudorrealista que a veces funciona (escenas finales) y otras no (escena de presentación de la pareja).

Al pasarse a un cine más realista y de sentimientos, De la Iglesia a ratos parece no encontrar el tono de la película y se repite un poco, sobre todo en la parte central. Aunque esos baches se superan rápidamente gracias a la avalancha de detalles que despliega, como sus habituales hallazgos visuales o algunos diálogos inspirados. De la Iglesia tiene nervio, y lo demuestra en muchas escenas, como el vía crucis que sufre el protagonista cuando va en busca de trabajo (personalmente me recuerda al fantástico absurdo de la oficina de alto standing de Playtime, de Jacques Tatí, dicho esto como un piropo a De la Iglesia) o el mismo desenlace. Estos dos segmentos mencionados se convierten con diferencia en lo mejor de la película.

Durante el metraje no hay muchas sorpresas y solo un punto de inflexión. En esta ocasión parece que el director aprecia a sus personajes y lo demuestra, lo que nos hace salir del cine con una sensación de calidez inusual en el cine de De la Iglesia. Acostumbrado a condenar a sus personajes a finales crudos y sin esperanza (todo un acierto en películas como Muertos de risa o Balada triste de trompeta), en esta ocasión los personajes, aunque con un destino trágico, son dotados de la dignidad que les era negada en un principio, dejando abiertas a la interpretación del espectador algunas de las reacciones finales de algunos de ellos. Aquí, más que nunca en su cine, los personajes son más humanos y no esperpentos (en el buen sentido de la palabra) soportadores de una estética determinada.

Aunque peca de poca chispa (nos tenía mal acostumbrados), es de agradecer que un director pruebe cosas nuevas aunque a veces roce la línea del “¿a que ha venido eso?”, y es que ¿qué director en su sano juicio se atrevería a meterse en el fregado que supone una escena como la entrevista final con toda la familia sin caer en la caricatura barata o el sentimentalismo nauseabundo de otras propuestas “más serias”? A estas alturas aún no sé si me emociona o me da vergüenza ajena. Puede que las dos cosas, como la vida misma.

José Mota sale bastante bien parado del examen que supone estrenarse en cine cuando eres una cara popular de la televisión. El mártir que compone Mota es un buen pistoletazo de salida. Es normal que cueste creerse a su personaje en las primeras escenas, pero el recital que da en su patética búsqueda de trabajo borra de un plumazo todos los prejuicios que se pudieran tener. Si anteriormente Álex de la Iglesia ya había domado los tics de otros personajes televisivos como el Gran Wyoming o Santiago Segura, aquí lo vuelve a conseguir. Más difícil que los anteriores lo tiene Mota, ya que en casi toda la película su única arma es su cara. Álex de la Iglesia lo trata mal y le da pocos momentos para regalarse, convirtiendo sus breves y escasos monólogos en auténticos alegatos furiosos contra las injusticias cotidianas del estado de bienestar. ¿Son simples en exceso estos textos? Puede, pero así (o parecido) es como hablamos en la realidad y es muy probable (en el caso de que estés metido en el juego que propone la película) que se te ponga la carne de gallina.

Lo mismo se puede decir de Salma Hayek, que aguanta bastante bien el tipo. Le cuesta más entrar en calor pero pronto se convierte en un personaje fuerte y con entidad en la trama y no se queda en una mera comparsa sufriente. Una de las lacras más vergonzantes en demasiadas películas del cine actual es el poco esmero que se pone a la hora de construir los personajes femeninos. Normalmente se adhieren a clichés políticamente correctos, simples muñecos que podrían intercambiarse entre películas y la única diferencia sería el traje o el peinado que llevan. Hayek es una maestra en paro reciclada en una sufridora ama de casa muy consciente del papel que le ha tocado jugar en su matrimonio. Es hacia el final cuando nos ofrece sus mejores momentos. A destacar cómo eleva el acto de planchar las camisas de su marido en todo un acto de orgullo y resistencia (hoy en día esto puede no considerarse muy políticamente correcto).

En definitiva, la pareja Mota-Hayek resulta entrañable aunque su química sea forzada en algunos momentos. A pesar de eso, de vez en cuando se vislumbra en algunas de sus miradas y gestos el horror de estar atrapados en un teatro sin límites que arrasa con todo lo que se pone en su camino, y es en el mismo centro de ese teatro en ruinas (literalmente) donde están atrapados.

Mejor en sus intenciones que en sus resultados, es una propuesta notable que tiene su peor crítico en la propia realidad. Ahora más que nunca una piedra vale más que una persona. Por eso es necesario, una y otra vez, resaltar las obviedades para que sepan que no nos engañan y que aún somos capaces de disfrutar durante una hora y media. Y eso no es moco de pavo.

El Cinefoide

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