LA CHISPA DE LA VIDA

LA CHISPA DE LA VIDA de Álex de la Iglesia
“El teatro de la vida produce monstruos”

La realidad supera a la ficción y lo hace con creces. Se podría decir que esta película llega tarde, descubierto ya el pastel de que estamos gobernados y utilizados por desalmados y de que nosotros mismos podemos convertirnos en uno de ellos si se dan las circunstancias adecuadas.

Se podría decir que lo nuevo de Álex de la Iglesia es realmente una rara avis en su filmografía. Claro que contiene gran parte de su estilo de siempre, todo lo que se puede llamar  “la marca de la casa” está presente. Entonces, ¿por qué esta película es diferente a todo lo que había hecho hasta ahora? Pues porque es un drama en toda regla, con toques de comedia negra, sí, pero ante todo un drama y en algunos momentos incluso dramón. Acostumbrados como estábamos a la comedia negra, grotesca y violenta con toques de drama, ahora le ha dado la vuelta a la tortilla. ¿Una propuesta de cine español que llega a las pantallas y se arriesga? Puede sonar a ciencia ficción, pero en este caso es una tragedia que supura rabiosa crítica social por todos sus poros.

Se podría decir que esa crítica social es poco sutil, que no aporta nada nuevo y cae en lo obvio. Y qué manía con aportar algo nuevo, con epatar al espectador y descubrirle cosas que hasta ese momento ni se había planteado. ¿Tan tontos nos creemos? ¿Tienen los cineastas (y, por extensión, los artistas en general) que descubrirnos el mundo en el que vivimos? Seamos sinceros: por muy buena que sea la sátira social que haya creado uno en su cabeza, un simple telediario puede dejarla a la altura del betún. Así que dejemos de ser tan inocentes por un lado y exigentes por el otro y gocemos de una hora y media sin esperar nada más que eso: pasar el rato, y si viene algo más, pues bienvenido sea.

Se podría decir, jugando con su título, que tiene más vida que chispa. Se podrían decir muchas cosas de esta película y poder decir muchas cosas de una película ya es bueno, para empezar.

Álex de la Iglesia parece tomar una decisión desde el principio, la de dividir claramente a los personajes entre buenos y malos. Todos se presentan tal cual van a ser durante el resto de la película. No hay evolución ni ambigüedad en ellos, son planos pero sirven a un propósito: ser utilizados sin piedad por el director para decir lo que quiere decir.

De ahí que haya personajes que no acaben de cuajar entre ellos, aunque su retrato individual resulte interesante. Fernando Tejero y Juanjo Puigcorbé se enfundan los disfraces más grotescos y son llevados tan al límite que a veces desentonan con el resto de personajes, sobre todo con la pareja protagonista, que se ancla en un tono pseudorrealista que a veces funciona (escenas finales) y otras no (escena de presentación de la pareja).

Al pasarse a un cine más realista y de sentimientos, De la Iglesia a ratos parece no encontrar el tono de la película y se repite un poco, sobre todo en la parte central. Aunque esos baches se superan rápidamente gracias a la avalancha de detalles que despliega, como sus habituales hallazgos visuales o algunos diálogos inspirados. De la Iglesia tiene nervio, y lo demuestra en muchas escenas, como el vía crucis que sufre el protagonista cuando va en busca de trabajo (personalmente me recuerda al fantástico absurdo de la oficina de alto standing de Playtime, de Jacques Tatí, dicho esto como un piropo a De la Iglesia) o el mismo desenlace. Estos dos segmentos mencionados se convierten con diferencia en lo mejor de la película.

Durante el metraje no hay muchas sorpresas y solo un punto de inflexión. En esta ocasión parece que el director aprecia a sus personajes y lo demuestra, lo que nos hace salir del cine con una sensación de calidez inusual en el cine de De la Iglesia. Acostumbrado a condenar a sus personajes a finales crudos y sin esperanza (todo un acierto en películas como Muertos de risa o Balada triste de trompeta), en esta ocasión los personajes, aunque con un destino trágico, son dotados de la dignidad que les era negada en un principio, dejando abiertas a la interpretación del espectador algunas de las reacciones finales de algunos de ellos. Aquí, más que nunca en su cine, los personajes son más humanos y no esperpentos (en el buen sentido de la palabra) soportadores de una estética determinada.

Aunque peca de poca chispa (nos tenía mal acostumbrados), es de agradecer que un director pruebe cosas nuevas aunque a veces roce la línea del “¿a que ha venido eso?”, y es que ¿qué director en su sano juicio se atrevería a meterse en el fregado que supone una escena como la entrevista final con toda la familia sin caer en la caricatura barata o el sentimentalismo nauseabundo de otras propuestas “más serias”? A estas alturas aún no sé si me emociona o me da vergüenza ajena. Puede que las dos cosas, como la vida misma.

José Mota sale bastante bien parado del examen que supone estrenarse en cine cuando eres una cara popular de la televisión. El mártir que compone Mota es un buen pistoletazo de salida. Es normal que cueste creerse a su personaje en las primeras escenas, pero el recital que da en su patética búsqueda de trabajo borra de un plumazo todos los prejuicios que se pudieran tener. Si anteriormente Álex de la Iglesia ya había domado los tics de otros personajes televisivos como el Gran Wyoming o Santiago Segura, aquí lo vuelve a conseguir. Más difícil que los anteriores lo tiene Mota, ya que en casi toda la película su única arma es su cara. Álex de la Iglesia lo trata mal y le da pocos momentos para regalarse, convirtiendo sus breves y escasos monólogos en auténticos alegatos furiosos contra las injusticias cotidianas del estado de bienestar. ¿Son simples en exceso estos textos? Puede, pero así (o parecido) es como hablamos en la realidad y es muy probable (en el caso de que estés metido en el juego que propone la película) que se te ponga la carne de gallina.

Lo mismo se puede decir de Salma Hayek, que aguanta bastante bien el tipo. Le cuesta más entrar en calor pero pronto se convierte en un personaje fuerte y con entidad en la trama y no se queda en una mera comparsa sufriente. Una de las lacras más vergonzantes en demasiadas películas del cine actual es el poco esmero que se pone a la hora de construir los personajes femeninos. Normalmente se adhieren a clichés políticamente correctos, simples muñecos que podrían intercambiarse entre películas y la única diferencia sería el traje o el peinado que llevan. Hayek es una maestra en paro reciclada en una sufridora ama de casa muy consciente del papel que le ha tocado jugar en su matrimonio. Es hacia el final cuando nos ofrece sus mejores momentos. A destacar cómo eleva el acto de planchar las camisas de su marido en todo un acto de orgullo y resistencia (hoy en día esto puede no considerarse muy políticamente correcto).

En definitiva, la pareja Mota-Hayek resulta entrañable aunque su química sea forzada en algunos momentos. A pesar de eso, de vez en cuando se vislumbra en algunas de sus miradas y gestos el horror de estar atrapados en un teatro sin límites que arrasa con todo lo que se pone en su camino, y es en el mismo centro de ese teatro en ruinas (literalmente) donde están atrapados.

Mejor en sus intenciones que en sus resultados, es una propuesta notable que tiene su peor crítico en la propia realidad. Ahora más que nunca una piedra vale más que una persona. Por eso es necesario, una y otra vez, resaltar las obviedades para que sepan que no nos engañan y que aún somos capaces de disfrutar durante una hora y media. Y eso no es moco de pavo.

El Cinefoide

Wikipedia
Web oficial

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